viernes, 13 de julio de 2012

Nací en una ciudad imaginada, donde el tiempo era lúdico en todas sus formas, y uno andaba como Lezama Lima, jugando con el tokonoma de la pared. Allí transcurrió mi infancia. Luego vino lo otro: el vino y lo otro. La necesaria palabra compartida, esa infinitud del habla que le da coloratura al idioma. La fecha es remota y un tanto oscura , recuerdo imágenes tan frescas, lugares que ordenaba a mi antojo. Un caballo inmenso con belfo iracundo golpeando el viento.
De niño solía escribir poemas desafortunados que regalaba por doquier a mis amigos, pero conocía algo tempranamente de lo que ya me podría zafar. La otredad habitaba al otro lado de la pared sin que nadie lo notara , soledad ubicua a expensas de desplazamientos forzados por el azar.

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