lunes, 23 de julio de 2012


BORRACHO AL DENTE
Al maestro Emiro Lobo
A Gonzalo Fragui
A mi abuelo Silvino
“Nosotros los viejos marinos
Un buque de piedra construimos
Para ir a beber en el fondo del mar
Porque ya no se puede beber en la tierra….”
Canción popular

Alza la copa! Burla la gente
Tu desenfado en la cara pintada…
Foete de sangre! Vidrio candente
Te hará amigo de todo y de nada!
Salustio González Rincones

La dipsomanía no es propia de todo el mundo, le es ajena a quien no dinamita el espíritu; la amargura de los restos no importa. Es prescindible establecer categorías entre la muchedumbre, entre los muchos, hundirnos. La silueta debe aparentar una tríada, la proporción áurea, eso que los antiguos llamaron: el número de oro.  El numen del poeta. Allí reside la confianza del alma. La barra constituye un lugar de acercamiento, la soledad se frustra. La barra trasatlántica es menos pegajosa. La birra y uno berrea sobre la baba mascullando cuatro  sílabas. Cachaça, pulque, chirrinche, cocuy, orujo, grapa, pisco, pinga…tequila, te quiero…te querré hasta que el cuerpo aguante…William Osuna se agiganta con un  vaso inmenso de mezcal y le canta al Güaire crispado por la pestilencia de un borracho. Aguirre bebía sangre de sus enemigos, mientras con la faca en el vientre de su hija curaba la melancolía. Aguirre,  ajenjo, aguamiel…El hígado es una diana para la certeza. Un ansiolítico perdido en la gaveta del más confiado debe convertirse en un amuleto. Cerveza, whisky, vino…Vino y se fue, porque no aguantó el tufo y la cólera inmensa de un aturdido. Decía el Chino Valera Mora que un borracho es como una hojilla en medio de la multitud… Entender el universo a través de la gravitación celestial, con una caipirinha hecha en el instante a las orillas de la bahía de Guanabara.
La corvadura del sujeto es única entre otras especies. Es necesario a los velorios y funerarias. Su compañía desdice del desalmado. O aquel poeta que bebía con regularidad en Catete apostado en la ciudad lisboeta. Solía empinar parte de su cuerpo diariamente, aquejado por el trabajo cotidiano de lidiar con números. Finalmente muere por una enfermedad común a la cofradía. Y le llamaron Pessoa; tras su máscara habitan innumerables personas.
 Un barbitúrico, Ativan y saudade, un ansiolítico, Lexotanil,  una espera, una noche, un cuerpo cobrizo, hepático y sediento arrojado en la sala de emergencia en procura del agua vital para los moribundos. Morella tengo sed. Merluza entre poetas que dudan de su amante. Nos acusan por no mantener el silencio de los abstemios, por la perorata de la mesa. Cuidado, Pollock y Massiani se orinan frente a la dama adinerada que adquiere su obra bajo la presión de la bolsa. Los bares son templos posteriores a sus sacerdotes, jamás sabrá Vinicio el valor de un trago en la Garota de Ipanema, jamás Tom Jobim ha de borrar la partitura escrita en la pared contemplada por viejos turista acaudalados.
Acólitos, alcohólicos, todos suspiran por la vieja herida, la del suspenso y la osadía. Bêbedos, chulos y  Discépolo con su cambalache despreciado por el público, por los milicos que escupen al                                       paso de sus días. Camuflados, perennes objetos de lascivas actitudes ante mininas fustigantes al bolero, a una faca que lacera. Transaminasas abriendo puertas a la cirrosis turbulenta, desmembradora de órganos vitales al espíritu. Coma etílico en un estacionamiento para el descuido. El viejo Roso envuelto en una toalla que le imprime un aire de romano inigualable. Los clavos de olor que usaron los cortesanos para hablar con el emperador  chino y hoy día lo recuperamos en el aliento domesticado para la suegra. Aguardiente, aguaquina, aguamiel, aguado ese trago’e ron que preparó Benito en la cocina de siempre en su memoria. Amaretto, Angostura, Armañac, amaré hasta la última copa. Dice mi mujer no me la calo, Kahlua, Kirsch, Carlitos se bebe todo y no deja para el catire, ni la doctora de derecho real. Aquel hombre sobre el caballo sobrio, apestando a miche como una reiteración, se movía de un lado a otro ebrio y adormecido. Un caballo es un buen amigo a la hora del malabarismo. El poeta Gilberto Ríos solía dejar impregnado el baño de resguardo en la librería, su perfume era hecho con un anís que traían los gitanos. Eleazar León, poeta de la noche, dicta cátedra en el callejón de la puñalada abrazando una  botella de ámbar, bajo el aplauso cándido de putas esbeltas y deseosas. Cuartetas y romances, la pausa como principio alcohólico.  El delirium tremens nos acoge a todos, impulsa el cuerpo a un medievo remoto, a una cofradía de conchabados y herederos de don Nencho. Trémulos aún, desbocados o al garete, jugamos con los  Transverbales  de Alfredo a la muerte súbita. Permuta de barajas cifradas en tabernas parisinas. Si dejas de beber la comezón arderá en tu cuerpo, el hígado siempre reclama, pide a gritos que no le abandones en una sequía; inoportuna, no desmayes, no cambies un trago de cicuta por un sorbo de la muerte, por un ouzo. La parca le reclama a la puerta de la clínica a Elí Galindo y a Roberto Bolaño por no apurar el paso de la burocracia. Michoso que se envenena con insecticida y desuella a la amada con la botella filosa de los celos. Es el resguardo del Oporto en una cama oculta por María y el viejo Steve, greñudo macoñero arreglando el bacalao. Se bebe al Duero así y se le canta a Camoẽns. El vino de consagrar, el vino de cocinar. Miguelacho se consagra en la cocina de Andrés y se percata del ama de casa que pide inmediatamente un sake para ir fuera y conjurarlo. Esa enfermedad única que nos acompaña, ratón, resaca, guayabo, buey y el domingo está jumo porque el sábado fue fiesta y decía Orlando Araujo: “El domingo es el día en que Dios duerme la borrachera de todas sus creaciones… el domingo es un día sospechoso y por muchos poetas repudiado… porque la caña es el luminoso pecado de la inocencia.” Voy bajando… la botella de anís que abandonó el gordo J. Carlos en las inmediaciones de la noche hasta el último suspiro, salud.



Hermes Vargas

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