lunes, 31 de marzo de 2014

      MANUEL BANDEIRA
               UNA POÉTICA DE LA MUERTE..
Traducción, selección y nota de Hermes Vargas
Poeta. Además de Bandeira, ha traducido a Mario Quintana y Joao Cabral de Melo-Neto.






Posiblemente existan en el hombre obsesiones reales o falsas, pero en el poeta la obsesión de la muerte es tan verdadera como el poema. Su insistente presencia es un desvelo constante imposible de sosegar, no sabemos cuándo sucede, el acto que la precede va acompañado de una sorpresa única. En Manuel Bandeira ella no constituye sorpresa algu­na: se hace cotidiana y da paso a una escritura fundamentada en la muerte como metáfora, un ardid hasta el fin de sus días.
«A todos, al nacer, nos otorgan una doble ciudadanía, la del reino de los sanos y la del reino de los enfermos» Bandeira convivió casi toda su vida con esta idea, a partir de 1904 cuando es declarado enfermo de tuberculosis y por lo tanto literalmente muerto, ya que para este momento nadie podría sobrevivir a semejante enfermedad. Sin embargo, debido al esfuerzo de su familia es trasladado al sanatorio del Clavadel en Suiza (1913) donde será sometido a un tratamien­to durante un año y allí ha de encontrarse con otros enfermos posteriormente famosos: Paul Eluard, Gala, Picker, etc. Este ambiente de alguna manera ayudó a Bandeira a formarse y a escribir con insistencia desde la literatura y para la literatura. Para ese entonces retoma el alemán aprendido en el colegio que le sirve como pretexto a la lectura de Goethe, Heine, Lenau, etc.
En el año de 1916 muere la madre del poeta comenzan­do así un período difícil y pleno de una soledad derivada de la muerte que en algunos casos son más duros que otros. Ejemplo de ello es la muerte de su padre de quien devengaba su manutención por su estado de postración debido a la tubercu­losis dejando además en él un fuerte vacío moral, su padre le animaba a escribir, gracias a él publicó Carnaval libro clave en su obra poética.
«Es con la tuberculosis que se articula la idea de la enfermedad individual, así como la idea de que, ante la propia muerte, la gente se hace más consciente; las imágenes que se agrupan en torno a la enfermedad muestran cómo surge la idea moderna de individualidad, (...) El tuberculoso era un rezagado, un vagabundo en busca de un sitio sano. A partir del siglo XIX la tuberculosis se convierte en otra razón para el exilio, para una vida sobre todo de viajes» De ciudad en ciudad Bandeira lee y escribe una poesía que va dando al traste con viejas formas, apegado a esa idea fija de la muerte, como sostiene uno de su biógrafos más importantes Julio Castañón Guimaraes: «Las muertes puntean la vida de Ma­nuel Bandeira. Como contrapunteo a la aparición de sus libros. Si el primero de ellos fue precedido por la muerte de su madre, el segundo no sería visto por su hermana, muerta en 1918. Antes del tercer libro moriría su padre, en 1920, y el hermano, en 1922». Esta convivencia con la enfermedad y la muerte, la soledad y una austera vida que no le permiten disfrutar de mucha bohemia, lo hacen conocido en medio de las vanguardias. Sus poemas son leídos por los jóvenes entusias­tas de la revolución modernista brasileña y aunque no parti­cipa abiertamente comparte las ideas de Mario de Andrade, Oswald de Andrade y Ronald de Carvalho quien leería Los Sapos, poema piada como lo llamarían los críticos por su «burla» al Parnasianismo. Bandeira es apodado «El San Juan Bautista de la Semana del Arte Moderno». Sólo que él no se muestra totalmente de acuerdo con cierto antiparnasianismo, antisimbolismo furtivo en los planteamientos del Modernis­mo; debe mucho a esas escuelas y las respeta aún sabiendo que ya parte de su obra está más próxima al Modernismo y a las formas libres del verso.
Pasado el tiempo Bandeira logra un puesto significati­vo en la literatura brasileña e imparte clases de literatura hispanoamericana en la Facultad Nacional de Filosofía, ver­tiendo al español una Antología que muestra una clara rela­ción con sus contemporáneos de Iberoamérica. Personalmente conoció a Mariano Picón Salas e intercambió epístolas por un tiempo con el escritor. Por su parte Picón Salas dijo de él:
«Si esta poesía se expresa en uno de los más ágiles e invencioneros lenguajes poéticos que se hayan escrito en América, en un verso capaz de toda audacia, más allá del hechizo de la palabra, alienta su íntegro amor humano, su comprensión de lo pequeño, olvidado y humilde, y aquel juego sonriente de ironía y de piedad con que conjura los lances trágicos de toda existencia. Apuesta ganada a la muerte, y en que la vida vuelve a emerger luminosa y tolerante, (...) Aquel poeta, enfermo en un sanatorio, que se preparaba a morir en 1912, y que ha llegado tan sano a la unánime admiración de sus contemporáneos de 1958».
Bandeira traduce obras importantes de la literatura universal al portugués siendo ellas entre otras: Macbeth de Shakespeare, La Machine Infernale de Jean Cocteau, Don Juan Tenorio de Zorrilla, poesía de Sor Juana Inés de la Cruz, etc. Hace periodismo en diferentes lugares del país, escribe ensayos, crónicas, crítica de música, de arquitectura y en fin se pasea por todos esos lugares con cierta erudición en nada pedantes. Siempre una humildad de santo y enfermo lo hacen pasar por «un poeta menor» como se llamará a sí mismo en su Itinerario a Pasargada.
Después de ser rondado por la muerte llega a los 80 años y publica sus Obras Completas marcadas por la van­guardia, incluso por el Concretismo una de las últimas mani­festaciones que pudo dilucidar. Había nacido en Recife el 29 de abril de 1886, bajo un signo extraño, y moriría a los ochenta y dos años en Botafogo, Río de Janeiro y sepultado en el cemen­terio San Juan Bautista, el 13 de octubre de 1968.



MOMENTO EN UN CAFE



Cuando el entierro pasó                                 Los hombres que se hallaban en el café       Se quitaron maquinalmente el sombrero Saludaban al muerto distraídos          Estaban todos volcados a la vida        Absortos en la vida                                  confiados en la vida.
Mientras uno se descubre en un gesto largo y demorado
Mirando el ataúd largamente                                                                                                           Este sabía que la vida es una agitación feroz y sin finalidad

Que la vida es traición
y saludaba la materia que pasaba
Liberada para siempre del alma extinta



AUTO-RETRATO
Provinciano que nunca supo
Escoger una corbata;
Pernabucano a quién repugna
El puñal del pernabucano;
Poeta torpe que en el arte de la prosa
Envejeció la infancia del arte,
E incluso escribiendo crónicas
Quedó cronista de provincia;
Arquitecto fallido, músico
Fallido (bebió un día
un piano, pero las teclas
Quedaron fuera); sin familia
Religión o filosofía;
Teniendo por mal la inquietud del espíritu
Que viene de lo sobrenatural,
y en materia de profesión
un tísico profesional.
(Mafuía de Malungo)







POÉTICA
Estoy harto del lirismo comedido
Del lirismo de buen comportamiento
Del lirismo funcionario público con libro de punto expediente
protocolo y manifestación de aprecio al sr. director                             Estoy harto del lirismo que se detiene y va averiguar en el diccionario el
cuño vernáculo de un vocablo
Abajo los puristas                                                                         
Todas las palabras sobretodo los barbarismos universales
Todas las construcciones sobretodo las sintaxis de excepción
Todos los ritmos sobretodo los innumerables
Estoy harto del lirismo seductor
Político
Raquítico
Sifilítico
De todo lirismo que capitula o quiere estar fuera de sí mismo.
Lo que resta no es lirismo
Será contabilidad tabla de co-senos secretario del amante ejemplar
con cien modelos de cartas y las diferentes maneras de
agradar a las mujeres, etc.              Antes quiero el lirismo de los locos                 El lirismo de los borrachos                              El lirismo difícil y doloroso de los borrachos El lirismo de los clowns de Shakespeare
—No quiero saber más del lirismo que no sea liberación. (Libertinagem)

ARTE DE AMAR
Si quieres sentir la felicidad
de amar, olvida tu alma.
El alma es la que corrompe  el amor.
Sólo en dios ella puede encontrar
satisfacción,
no en otra alma.
               Sólo en dios o fuera del mundo.
                 Las almas son incomunicables.
Deja tu cuerpo entenderse con otro cuerpo.
Porque los cuerpos se entienden, las almas no



lunes, 23 de julio de 2012














BORRACHO AL DENTE
Al maestro Emiro Lobo
A Gonzalo Fragui
A mi abuelo Silvino
“Nosotros los viejos marinos
Un buque de piedra construimos
Para ir a beber en el fondo del mar
Porque ya no se puede beber en la tierra….”
Canción popular

Alza la copa! Burla la gente
Tu desenfado en la cara pintada…
Foete de sangre! Vidrio candente
Te hará amigo de todo y de nada!
Salustio González Rincones

La dipsomanía no es propia de todo el mundo, le es ajena a quien no dinamita el espíritu; la amargura de los restos no importa. Es prescindible establecer categorías entre la muchedumbre, entre los muchos, hundirnos. La silueta debe aparentar una tríada, la proporción áurea, eso que los antiguos llamaron: el número de oro.  El numen del poeta. Allí reside la confianza del alma. La barra constituye un lugar de acercamiento, la soledad se frustra. La barra trasatlántica es menos pegajosa. La birra y uno berrea sobre la baba mascullando cuatro  sílabas. Cachaça, pulque, chirrinche, cocuy, orujo, grapa, pisco, pinga…tequila, te quiero…te querré hasta que el cuerpo aguante…William Osuna se agiganta con un  vaso inmenso de mezcal y le canta al Güaire crispado por la pestilencia de un borracho. Aguirre bebía sangre de sus enemigos, mientras con la faca en el vientre de su hija curaba la melancolía. Aguirre,  ajenjo, aguamiel…El hígado es una diana para la certeza. Un ansiolítico perdido en la gaveta del más confiado debe convertirse en un amuleto. Cerveza, whisky, vino…Vino y se fue, porque no aguantó el tufo y la cólera inmensa de un aturdido. Decía el Chino Valera Mora que un borracho es como una hojilla en medio de la multitud… Entender el universo a través de la gravitación celestial, con una caipirinha hecha en el instante a las orillas de la bahía de Guanabara.
La corvadura del sujeto es única entre otras especies. Es necesario a los velorios y funerarias. Su compañía desdice del desalmado. O aquel poeta que bebía con regularidad en Catete apostado en la ciudad lisboeta. Solía empinar parte de su cuerpo diariamente, aquejado por el trabajo cotidiano de lidiar con números. Finalmente muere por una enfermedad común a la cofradía. Y le llamaron Pessoa; tras su máscara habitan innumerables personas.
 Un barbitúrico, Ativan y saudade, un ansiolítico, Lexotanil,  una espera, una noche, un cuerpo cobrizo, hepático y sediento arrojado en la sala de emergencia en procura del agua vital para los moribundos. Morella tengo sed. Merluza entre poetas que dudan de su amante. Nos acusan por no mantener el silencio de los abstemios, por la perorata de la mesa. Cuidado, Pollock y Massiani se orinan frente a la dama adinerada que adquiere su obra bajo la presión de la bolsa. Los bares son templos posteriores a sus sacerdotes, jamás sabrá Vinicio el valor de un trago en la Garota de Ipanema, jamás Tom Jobim ha de borrar la partitura escrita en la pared contemplada por viejos turista acaudalados.
Acólitos, alcohólicos, todos suspiran por la vieja herida, la del suspenso y la osadía. Bêbedos, chulos y  Discépolo con su cambalache despreciado por el público, por los milicos que escupen al                                       paso de sus días. Camuflados, perennes objetos de lascivas actitudes ante mininas fustigantes al bolero, a una faca que lacera. Transaminasas abriendo puertas a la cirrosis turbulenta, desmembradora de órganos vitales al espíritu. Coma etílico en un estacionamiento para el descuido. El viejo Roso envuelto en una toalla que le imprime un aire de romano inigualable. Los clavos de olor que usaron los cortesanos para hablar con el emperador  chino y hoy día lo recuperamos en el aliento domesticado para la suegra. Aguardiente, aguaquina, aguamiel, aguado ese trago’e ron que preparó Benito en la cocina de siempre en su memoria. Amaretto, Angostura, Armañac, amaré hasta la última copa. Dice mi mujer no me la calo, Kahlua, Kirsch, Carlitos se bebe todo y no deja para el catire, ni la doctora de derecho real. Aquel hombre sobre el caballo sobrio, apestando a miche como una reiteración, se movía de un lado a otro ebrio y adormecido. Un caballo es un buen amigo a la hora del malabarismo. El poeta Gilberto Ríos solía dejar impregnado el baño de resguardo en la librería, su perfume era hecho con un anís que traían los gitanos. Eleazar León, poeta de la noche, dicta cátedra en el callejón de la puñalada abrazando una  botella de ámbar, bajo el aplauso cándido de putas esbeltas y deseosas. Cuartetas y romances, la pausa como principio alcohólico.  El delirium tremens nos acoge a todos, impulsa el cuerpo a un medievo remoto, a una cofradía de conchabados y herederos de don Nencho. Trémulos aún, desbocados o al garete, jugamos con los  Transverbales  de Alfredo a la muerte súbita. Permuta de barajas cifradas en tabernas parisinas. Si dejas de beber la comezón arderá en tu cuerpo, el hígado siempre reclama, pide a gritos que no le abandones en una sequía; inoportuna, no desmayes, no cambies un trago de cicuta por un sorbo de la muerte, por un ouzo. La parca le reclama a la puerta de la clínica a Elí Galindo y a Roberto Bolaño por no apurar el paso de la burocracia. Michoso que se envenena con insecticida y desuella a la amada con la botella filosa de los celos. Es el resguardo del Oporto en una cama oculta por María y el viejo Steve, greñudo macoñero arreglando el bacalao. Se bebe al Duero así y se le canta a Camoẽns. El vino de consagrar, el vino de cocinar. Miguelacho se consagra en la cocina de Andrés y se percata del ama de casa que pide inmediatamente un sake para ir fuera y conjurarlo. Esa enfermedad única que nos acompaña, ratón, resaca, guayabo, buey y el domingo está jumo porque el sábado fue fiesta y decía Orlando Araujo: “El domingo es el día en que Dios duerme la borrachera de todas sus creaciones… el domingo es un día sospechoso y por muchos poetas repudiado… porque la caña es el luminoso pecado de la inocencia.” Voy bajando… la botella de anís que abandonó el gordo J. Carlos en las inmediaciones de la noche hasta el último suspiro, salud.



Hermes Vargas

domingo, 22 de julio de 2012

ENTRE MUNDOS



Hace algún tiempo leí apasionadamente un  artículo de gastronomía, que nos incitaba a suponer una Europa desprovista de algunos tubérculos y frutas propios de América. Era como hacer un ejercicio de perversión. Jugar a que los italianos se quedaran sin el tomate por ejemplo, por lo tanto sin la pasta. Todo el norte de Europa sin papas y parte del Sur, como lo sugería dicho artículo, sin maíz. Claro que es posible, para mediados del siglo IV,  en donde aún no se han establecido estas relaciones entre ambos mundos, cuando los españoles se encuentran con una gastronomía diferente a la de ellos. Una manera de preparar los alimentos,  un tanto alejada de sus costumbres, una dieta carente de animales conocidos o potajes extraños. La reacción muchas veces, en su afán colonizador, era virulenta y atroz.
El Dr. Rafael José Lovera era el autor de esta propuesta. Su sapiencia en la materia y una larga obra en este sentido, nos hace suponer que la gastronomía universal no es posible sin América. Este continente estaba pleno de sorpresas, su fauna y flora constituían una novedad. El conquistador intentó en vano imponer algunas costumbres culinarias, terminó asimilando gran parte de ellas. Por supuesto a lo largo de los años,  nuevas formas de alimentación fueron conformando otra alimentación. Según apuntan algunos versados en el tema, no fue fácil para la papa, tubérculo proveniente de la tierra de los Incas, cultivada a lo largo de los Andes sudamericanos, entrar en la mesa europea sin los prejuicios de las altas clases sociales. Fue con los pobres y los soldados la manera en que se agregó a una nueva cocina. Ya en los Andes,  a través de sus diferentes tribus era de la dieta cotidiana. Los Incas, los Aimara, Muiscas, entre otros, la consumían por cientos de años atrás. Luego vinieron sus acompañantes traídos en sus alforjas. El ajo y el cilantro, uno de Persia, sur de Europa y cercano Oriente, el otro de Asia central y occidental. La cebolla de bulbo de Persia, Afganistán y Palestina. La cebolla de tallo proveniente de China. Esta combinatoria de elementos diversos enriqueció la variedad de sopas o potajes de la época. El chupe peruano, la changua de los Muiscas, la pizca andina de Venezuela, son parte de nuestro acervo cultural.
Así como la papa ayudó a paliar el hambre en gran parte del viejo continente, el tomate, parte importante de la Italia moderna, también logró un papel preponderante en estas mesas. Los chiles y ajíes originarios de Centroamérica y México dieron paso a nuevas combinaciones. Los pimentones con su influencia en la cultura árabe. Una suerte de sincretismo que dio como resultado nuevos aromas: la páprika infaltable en un buen Gulyás o Goulash de origen húngaro. Es de notar que este encuentro, para unos más desafortunados que para otros, estableció un legado para la humanidad. Es por esta razón que la alimentación europea si prescinde de  un tubérculo como la papa, puede entrar en crisis.
Otro estudioso de los fogones de la cocina venezolana advertía en El pan nuestro de cada día, esa especie del exaltación o menosprecio por nuestra gastronomía, que a su vez ha ido creciendo y revalorizándose de una manera vertiginosa. Ya no es aquella afirmación molesta del autor de Viajes por las cocinas del mundo, Nestor Lujan, quien nos emparentara con pueblos de nuestro continente, aduciendo la pobreza de nuestra comida. Su basamento, por supuesto estriba en una ignorancia deleznable. Nuestros aromas van de Occidente a Oriente, de Norte a Sur combinando yerbas, carnes, pescados, legumbres y toda suerte de platos asombrosamente puestos sobre una misma mesa.

La mano sobre esa espalda húmeda

La mano sobre esa espalda húmeda
La mano entre el vientre
                                               y la sonrisa
Tú, a cuatro leguas del norte
lejos de la cama y la mano
Tú, allá en la rama
donde no se toca                                          
                                   muy alto
la mano que todo puede
                                                   deslizase entre piernas
la mano a unos segundos
                                                    del pubis
Tú, me dejas en mi silencio póstumo
La mano fría
                          tranquila, se retira.